Hoy un virus te tiene encerrado en contra de tu voluntad, quizás solo o con personas que no te caen tan bien, pero al final confinado en 4 paredes porque está prohibido salir y hacer tu vida normal, como la conocías. Ese virus te ha quitado algo de lo cual todos dimos por sentado: LA LIBERTAD
¿Cómo pasas los días?
¿Extrañas a alguien?
¿Te gustaría un abrazo o compartir palabras e interacciones con alguien más?
Quizás tú tienes internet, Netflix, Spotify con tu música favorita, videollamadas con tus familiares y mejores amigos, un refrigerador y la nevera llenas, un montón de películas o series por ver y no morir de aburrimiento, libros, hojas y papel al alcance por si el hastío te consume y el contenido digital ya no te llena. Quizás mamá ya te hartó pidiéndote que recojas o limpies tu cuarto, ya te fastidio verle la cara a tu papá o hermanos o roomies y prefieres encerrarte doblemente en la realidad de tu celular.
Quizás te asomas por la ventana para que te dé un poco de sol o sales a tu azotea o patio con unos lentes para sentir los rayos del sol en la piel y publicar que aplicaste un Acapulco en la azotea.
De una otra forma te aferras a la vida que tenías hace unas semanas, al contacto, al vínculo, al amor, aunque sea de forma virtual y a la distancia, hemos logrado no sentirnos solos, hemos logrado transmitir que estamos aquí los unos para los otros y darnos esperanza de que esto SÍ va a terminar, que pronto todos recuperaremos la libertad desperdiciada que el virus nos arrebató.

Pero qué pasaría si por otro virus, también terminas encerrado, confinado en un pequeño cuarto con personas que no conoces, sin ventana, sin tu comida ni música favorita, tampoco tienes un libro o una libreta para escribir y matar el tiempo que sigue corriendo, probablemente nadie te llama y si alguien lo hace deberás conformarte con una llamada de 5 minutos. Y de los abrazos y cariño que tanto nos jactamos necesitar mejor ni hablar. Dentro de esas 4 paredes no solo está prohibido el entretenimiento y las pertenencias, la individualidad y la intimidad y el afecto quedan fuera. Ahí dentro no se tiene la certeza de cuándo terminará el encierro y si se tiene, esta es tan definitiva y tajante que conviene vivir soñando con que algún día terminará. Otra de las particularidades del virus es que te termina aislando por completo de la sociedad, te deja una marca de la cual no podrás deshacerte como a los enfermos de peste y que no permitirá que regreses a tu vida normal, como la conocías.
Este virus está en el aire y en la piel, ataca el corazón y la mente, rompe con todo a su paso y te deja con lo mínimo para sobrevivir, no distingue raza, posición social o económica, ni género ni edad, ha atacado a la humanidad desde su existencia y ni la ciencia ni la religión, ni el dinero ni la cultura lo han podido curar.
El virus se llama violencia y su síntoma más fuerte es la indiferencia, tiene a nuestras almas y conciencias en enclaustradas. Se ha llevado tantas vidas y tantos sueños, se ha llevado nuestra esencia y nuestra fortaleza, se ha llevado el deseo de compartir y de cuidarnos, de crecer en colectivo y como humanidad porque nos sigue importando sólo nuestra libertad individual y la realidad que vemos fuera de nuestra ventana más no la de tantos que viven en la cuarentena permanente que es la cárcel.

María Fernanda Rodríguez Castañeda


Casi nunca me han gustado mis cumpleaños, por diversas razones y porque en la mayoría de ellos no la he pasado bien. De niña, claro que los disfruté y fueron hermosos, pero con el tiempo y la adolescencia iban dejando de gustarme y al acercarse las fechas me ponía muy sensible, de mal humor y si todo iba bien saboteaba la situación para que terminara siendo trágica o triste.


